
Historia
En los albores de la cristiandad, allá por el año treinta del Señor, nació en la ciudad de Iconio una doncella de alcurnia llamada Tecla, dotada por sus ilustres padres no solo de abundantes bienes de fortuna, sino de una noble inteligencia cultivada en las letras. Destinada por su familia a contraer matrimonio con un joven principal de la tierra llamado Tamiro, la joven parecía tener trazado un destino mundano lleno de honores y riquezas terrenales. Sin embargo, los designios de la Providencia divina eran infinitamente superiores y aguardaban transformar aquel corazón para encenderlo con el fuego purificador de la gracia celestial.
La providencial llegada de los apóstoles San Pablo y Bernabé a Iconio, tras ser expulsados de Antioquía de Pisidia, sacudió los cimientos espirituales de la ciudad al predicar la doctrina de la salvación y ensalzar la sublime belleza de la castidad cristiana. Impedida por la severa vigilancia de su madre pagana para acudir a escuchar la predicación apostólica, la castísima doncella se asomaba largas horas a la ventana de su hogar para beber ávidamente las enseñanzas que resonaban desde la casa vecina de Onesíforo. Aquella escucha constante obró una transformación radical en su alma, disipando los atractivos pasajeros del mundo y sembrando el propósito irrevocable de consagrar su virginidad perpetua a nuestro Señor Jesucristo.
Al desatarse la persecución contra los apóstoles por instigación de los enemigos de la fe, San Pablo fue injustamente encarcelado bajo calumniosas imputaciones, lo que lejos de amedrentar a la neófita la impulsó a obrar con un heroísmo extraordinario. Despojándose sin vacilar de sus preciosos pendientes de oro y de su espejo de plata, sobornó al carcelero para penetrar en el calzabozo y recibir de labios del Apóstol de las Gentes la instrucción definitiva que consolidó su alma en la fe y en la resolución de mantenerse pura para Dios.
La noticia de su conversión y su negativa tajante a contraer nupcias desató la ira furiosa de su madre y de su prometido, quienes, al ver fracasar todas sus lisonjas y amenazas, la denunciaron ante los magistrados romanos por el intolerable “delito” de ser cristiana. Conminada por el juez a renegar de la fe y a someterse al matrimonio terrenal, la santa virgen respondió con firmeza inquebrantable que pertenecía por entero a Cristo, enfrentando con serena fortaleza la inícua sentencia de morir abrasada en la hoguera.
Llevada al anfiteatro, la valerosa mártir se armó con la señal de la santa cruz y caminó con alegría hacia las llamas, pero el Creador, manifestando el poder de su virginidad consagrada, desató una recia tempestad con un copioso aguacero que apagó milagrosamente el fuego, preservando su cuerpo incorrupto y dispersando a la multitud aterrorizada. Tras este prodigio, Tecla logró reunirse con San Pablo en los caminos de Licaonia para acompañarle transitoriamente en sus misiones apostólicas, deseosa de gastar su vida en la difusión del Evangelio.
Nuevos y atroces tormentos aguardaban a la insigne virgen cuando, hallándose en Antioquía, rechazó con dignidad los insolentes ultrajes de un hombre principal de la ciudad, arrancándole la corona y desgarrando su túnica ante la mirada de todos. Acusada nuevamente de sacrilegio y condenada a ser devorada por las fieras, la santa fue atada a un poste en el circo, donde ocurrió un nuevo prodigio celestial: una leona feroz se postró mansa a sus pies, lamiéndolos con respeto y defendiéndola de los ataques de un oso y un león.
Ni siquiera el suplicio posterior de arrojarla a una olla repleta de víboras venenosas ni el intento de descuartizarla atándola a dos toros bravíos pudieron doblegarla, pues los lazos se rompieron por sí solos ante la protección divina, obligando al procónsul a reconocer su inocencia y declararla en absoluta libertad. Libre de sus perseguidores, la santa recorrió diversas comunidades alentando a los fieles antes de retirarse a la soledad de un eremitorio cerca de Seleucia de Isauria.
En aquel sagrado retiro pasó largos años consagrada a la oración continua, a la penitencia y a la guía espiritual de las almas que acudían a su encuentro buscando la doctrina de salvación, hasta entregar pacíficamente su espíritu al Creador. Venerada desde la más remota antigüedad por los Santos Padres y los fieles de todo el orbe cristiano, su sepulcro en Seleucia y sus reliquias dispersas por las grandes catedrales de la cristiandad continúan testificando la gloria inmortal de una virgen que prefirió todos los tormentos antes que traicionar a su Divino Esposo.
Lecciones
1. El valor supremo de la castidad consagrada: La total renuncia a los enlaces mundanos por parte de la santa demuestra que la pureza del alma y del cuerpo es un tesoro inestimable capaz de conquistar las complacencias del Creador frente a cualquier seducción terrenal.
2. La fortaleza inquebrantable ante la persecución: La firmeza con la que la neófita afrontó la hoguera y los juicios inicuo ilustra cómo la gracia divina sostiene al alma católica para confesar la fe sin vacilaciones ante los enemigos de la Iglesia.
3. El desprendimiento de las vanidades del mundo: El gesto generoso de entregar sus joyas y adornos para comprar la entrada a la cárcel revela que los bienes perecederos deben sacrificarse gustosamente con tal de alcanzar la instrucción y la gracia espiritual.
4. La protección milagrosa de la Providencia: Los prodigios operados en el anfiteatro con las fieras y los elementos evidencian que Dios defiende de manera visible a quienes defienden con heroísmo la honra de su ley y la santidad de su vida.
“San Tecla enseña que la fidelidad a Jesucristo y la defensa de la pureza alcanzan la corono celestial.”


