
Historia
Nacido en Asís hacia el año 1182, Francisco fue hijo del acaudalado mercader Pedro Bernardone y de la piadosa señora Pica. Creció en medio de la riqueza, los banquetes y los vanos pasatiempos del mundo, destacando sin embargo por mantener una conducta digna y apartada de los vicios carnales. Tras participar en las guerras civiles de la época, ser hecho prisionero en Perusa y padecer una grave enfermedad, su espíritu comenzó a inquietarse con aspiraciones celestiales que lo alejaron paulatinamente del esplendor terrenal.
El punto de inflexión definitivo en su vida se gestó cuando, tras un banquete ofrecido a sus amigos, renunció de todo corazón a las vanidades del siglo. En un acto de profunda humildad frente a la basílica de San Pedro en Roma, intercambió sus lujosos vestidos por los andrajos de un mendigo. Poco después, venciendo el asco natural de su carne, abrazó y besó con tierna devoción a un leproso, descubriendo en los marginados el rostro sufriente del Redentor.
Postrado ante el crucifijo de la capilla medio arruinada de San Damián, escuchó la voz del Señor que le ordenaba reparar Su casa, lo que le impulsó a vender sus mercancías y a soportar con paciencia la furia de su padre. Ante las querellas interpuestas por Bernardone, el joven santo compareció ante el obispo de Asís en el año 1207, despojándose de sus vestiduras y devolviéndoselas a su progenitor para consagrarse exclusivamente al Padre Celestial.
Vestido con una tosca túnica de ermitaño y ceñido con una soga, se dedicó con fervor a restaurar iglesias materiales y a predicar la penitencia por los caminos. Muy pronto se le unieron discípulos fervorosos atraídos por su radical desprendimiento, conformando el núcleo inicial de la Orden de los Frailes Menores. Su regla evangélica fue aprobada provisionalmente por el Papa Inocencio III, a quien el pontífice había visto en sueños sosteniendo con sus hombros la basílica de Letrán que amenazaba ruina.
Con el apoyo espiritual de Santa Clara de Asís, quien fundó la rama femenina de las Clarisas, y la colaboración del Cardenal Hugolino, la familia franciscana experimentó un crecimiento prodigioso a través de Europa. A pesar de las dificultades internas para consolidar un estilo de vida tan austero y de sus infructuosos intentos por llevar el Evangelio a los musulmanes en Oriente —llegando incluso a dialogar valientemente con el sultán de Egipto—, el santo se mantuvo firme en su ideal de pobreza absoluta.
En el año 1223, celebró solemnemente la Navidad en el Valle de Rieti instaurando la tradición del pesebre viviente, acercando de este modo el misterio del Verbo encarnado a la sencillez de los fieles. Su ardiente contemplación de la Pasión alcanzó su culmen en el verano de 1224 en el Monte Alvernia, donde, tras la aparición de un serafín crucificado, recibió en su propio cuerpo las sagradas llagas de las llagas de Cristo.
Consumido por los ayunos, las penitencias rigurosas y una penosa ceguera, compuso el hermoso Cántico de las Criaturas alabando a Dios incluso por «nuestra hermana la muerte corporal». Entregó su alma al Creador el 4 de octubre de 1226 en la Porciúncula, desnudándose previamente para expirar como un verdadero amador de la pobreza imitando a su Maestro.
Su cuerpo fue recibido con triunfales muestras de veneración y, debido a los innumerables milagros obrados por su intercesión, el Papa Gregorio IX lo canonizó solemnemente en Asís apenas dos años después de su tránsito a la eternidad. La figura de San Francisco perdura en la historia como el estandarte viviente de la renovación cristiana por medio de la cruz, la humildad y el amor ferviente a Jesucristo.
Lecciones
1. La renuncia total a las vanidades del mundo: El desprendimiento de las riquezas y de los aplausos terrenales demuestra que el alma debe vaciarse de lo superfluo para ser llenada por la gracia de Dios.
2. La superación de la repulsión humana por la caridad: El abrazo al leproso enseña que el verdadero amor cristiano vence las repugnancias naturales para servir a Cristo en los más desamparados.
3. La obediencia filial a la autoridad de la Iglesia: La sumisión de San Francisco y sus primeros compañeros ante el Papa Inocencio III confirma que toda obra auténticamente inspirada por el Espíritu Santo se somete con docilidad al Magisterio.
4. La configuración mística con el Crucificado: La impresión de los sagrados estigmas en el Monte Alvernia ilustra cómo la meditación constante de la Pasión transforma al alma en imagen viva de Jesús.
“San Francisco de Asís enseña que con la Penitencia, el Desprendimiento radical del mundo y la Sumisión a la Cruz se alcanza la Santidad.”


