
Historia
Nacida en Lautecort, en la diócesis de Autún, el 22 de julio de 1647, en el seno de una noble y distinguida familia cristiana compuesta por Claudio Alacoque y Filiberta Lamín, la pequeña Margarita recibió el bautismo con el firme sello de una gracia precoz. Desde su más tierna infancia, impulsada por un amor sobrenatural hacia la pureza, consagró su virginidad al Creador mediante un voto secreto que su alma repetía constantemente sin saber a ciencia cierta el origen de tan sublime inspiración.
Tras perder a su padre a la edad de ocho años, experimentó las amarguras de una severa enfermedad reumática que la postró durante cuatro largos años, hasta que la intercesión de la Santísima Virgen le devolvió milagrosamente la salud física. Sin embargo, al retornar al hogar materno, debió afrontar una dura prueba moral y una cruenta persecución doméstica por parte de sus familiares políticos, quienes la sometieron a humillaciones, trabajos forzados y sospechas injustas que ella supo abrazar en silencio como un anticipo de la cruz.
Superando los lazos del mundo y las vacilaciones sembradas por la astucia del demonio, ingresó finalmente en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial el 20 de junio de 1671, exclamando con júbilo que aquel era el lugar donde Dios quería que estuviese. En el silencio del claustro, bajo la mirada vigilante de sus superioras y las exigencias de un riguroso noviciado, su alma se entregó por entero a la oración contemplativa, permaneciendo horas enteras ante el Sagrario con una devoción inalterable.
La misericordia divina la escogió como la privilegiada confidente de los tesoros de su amor, concediéndole en diversas apariciones —especialmente entre los años 1673 y 1675— la contemplación de su Sagrado Corazón cercado de espinas e inflamado en llamas. Nuestro Señor le reveló las ingratitudes, irreverencias y sacrilegios con que los hombres, y aun almas consagradas, ofenden el Augusto Sacramento del Altar, pidiéndole que instituyera la fiesta de reparación el viernes siguiente a la octava del Corpus.
Ante la incomprensión inicial de la comunidad y la natural reserva de sus superioras, la humilde hermana halló el consuelo y la dirección segura en el insigne padre Claudio de la Colombière, religioso de la Compañía de Jesús enviado por la Providencia para acreditar la autenticidad de las revelaciones. Soportando con paciencia heroica las sospechas y los escarnios de quienes la tildaban de ilusa, continuó cumpliendo con sencillez los cargos que se le confiaron como enfermera y maestra de novicias, abrazando siempre la máxima de no pedir nada ni rehusar nada.
Agotada por las penitencias corporales y consumida por el fuego de un amor divino que la abrasaba interiormente, su salud se quebrantó definitivamente al llegar a los cuarenta y tres años, anunciando con serenidad la proximidad de su partida a la eternidad. El 17 de octubre de 1690, mientras recibía los últimos auxilios espirituales, expiró dulcemente pronunciando el santísimo nombre de Jesús, sellando con su tránsito una vida enteramente inmolada por la gloria de Dios.
Sus restos mortales, sepultados en la capilla del monasterio de Paray-le-Monial, fueron guardados celosamente a través de los siglos y las turbulencias revolucionarias, testificando la autenticidad de sus virtudes con numerosas gracias y prodigios. Fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV en 1920, quedando establecida su festividad litúrgica para perpetua memoria de la Iglesia el 17 de octubre.
Lecciones
1. El valor santificante del sufrimiento: Su aceptación gozosa de las persecuciones familiares y las enfermedades enseña que la cruz llevada con paciencia purifica el alma y la asemeja al Redentor.
2. La devoción reparadora al Sagrado Corazón: Su celo por consolar a Cristo agraviado en el sacramento del altar recuerda la urgente necesidad de reparar las ofensas y sacrilegios del mundo moderno mediante la comunión de los primeros viernes.
3. La obediencia ciega frente a la incomprensión: Su docilidad absoluta ante las pruebas impuestas por sus superioras demuestra que las verdaderas gracias celestiales van siempre unidas a la más estricta sumisión y humildad eclesiástica.
4. La constancia en la oración eucarística: Su perseverancia en la adoración silenciosa ante el Sagrario ilustra que la fuente de toda fortaleza espiritual se halla en el trato íntimo y constante con Jesús Sacramentado.
“Santa Margarita María Alacoque enseña que la reparación de las ofensas inferidas al Sagrado Corazón de Jesús transforma el alma en víctima de expiación y aseguran la victoria de la gracia sobre la ingratitud del mundo.”


