
Historia
En la noble ciudad de Milán, el 15 de febrero de 1534, nació Alejandro Sauli en el seno de una ilustre familia oriunda de Génova, siendo educado con esmero en las virtudes cristianas y en las letras propias de su alta alcurnia. Dotado de un talento sobresaliente, culminó sus estudios humanísticos a temprana edad y fue nombrado paje del emperador Carlos V, abriéndose ante él un porvenir mundano sumamente lisonjero y repleto de honores temporales.
Sin embargo, des preciando las vanidades del siglo, el joven Alejandro decidió abandonarlo todo para consagrarse enteramente a Dios, ingresando en 1551 en la fervorosa Congregación de Clérigos Regulares de San Pablo, conocidos popularmente como los Bernabitas. Para disipar las dudas sobre su vocación debido a su delicada crianza palaciega, cumplió con la heroica prueba de recorrer las calles de Milán cargando una pesada cruz de madera hasta erigirse en improvisado predicador en la plaza pública, conmoviendo los corazones de la multitud.
Realizado su noviciado con un espíritu de profunda abnegación y mortificación, destacando en el cultivo de la humildad y la castidad, fue ordenado sacerdote en 1556 y se entregó con fervor al estudio de la teología escolástica, siguiendo de cerca las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino. Su brillantez intelectual lo llevó a ser elegido decano de la facultad de teología en Pavía, combinando la docencia universitaria con un intenso ministerio pastoral volcado en la conversión de los pecadores y la guía espiritual de la juventud.
Elegido superior general de su congregación a la temprana edad de treinta y tres años, gobernó con una firmeza vigilante unida a una bondad paternal, restaurando la observancia regular y ganándose la más absoluta confianza de San Carlos Borromeo, quien lo tomó por confesor y consejero espiritual. Su celo ardiente y su intrepidez doctrinal no pasaron desapercibidos para el Sumo Pontífice, quien lo arrancó de su paz conventual para nombrarlo obispo de Aleria, en la desolada y espiritualmente arruinada isla de Córcega.
Al pisar aquella diócesis sumida en la ignorancia, la violencia y el abandono, el santo pastor no retrocedió ante las fatigas, sino que comenzó a recorrer a pie cada rincón de su territorio montañoso para buscar a las almas descarriadas y reconciliarlas con Dios. Fundó un seminario diocesano, convocó sínodos para reformar enérgicamente al clero y se desvivió en la defensa de los derechos de la Iglesia, ganándose justamente el título de “Ángel Tutelar” y “Ángel de Paz” de la isla.
Su autoridad espiritual se vio frecuentemente respaldada por prodigios celestiales, como cuando detuvo una pertinaz sequía mediante una rogativa pública descalzo o cuando dispersó con la oración a las flotas de piratas berberiscos que amenazaban con destruir la región. Jamás permitió que el lujo empañara su palacio episcopal, prefiriendo gastar los recursos de la Iglesia en socorrer a los menesterosos antes que en tapices o comodidades terrenales.
Tras largos años de infatigable labor pastoral en Córcega, el Papa Gregorio XIV lo trasladó a la sede episcopal de Pavía en 1591, donde continuó brillando como modelo perfecto de prelado celoso de la pureza de la fe y de la santidad de sus sacerdotes. Consumido por las fatigas apostólicas y las austeridades continuas, entregó su hermosa alma al Creador el 11 de octubre de 1592 mientras realizaba una visita pastoral en Calosso.
Canonizado solemnemente por el Papa San Pío X en 1904, San Alejandro Sauli resplandece en los anales de la Iglesia como el prototipo del obispo militante que, armado con la cruz y la doctrina, restaura las ruinas morales y defiende sin tregua el rebaño de Cristo.
Lecciones
1. La renuncia radical a los honores del mundo: Su decisión de abandonar la corte imperial para cargar la cruz en una orden austera enseña que las vanidades temporales deben sacrificarse sin vacilar por el servicio de Dios.
2. La humildad como fundamento de la autoridad: Su afán por buscar los empleos más abyectos y su total sometimiento a la obediencia demuestran que el verdadero pastor debe anteponer la anulación del propio orgullo a cualquier dignidad.
3. El celo infatigable en la reforma del clero: Su empeño en convocar sínodos y fundar seminarios ilustra que la verdadera renovación de la Iglesia comienza por la santificación y formación rigurosa de los sacerdotes.
4. La confianza absoluta en la oración ante el peligro: Su serenidad inquebrantable frente a las amenazas de los piratas y las calamidades naturales confirma que la fe respaldada por la plegaria constante vence cualquier tribulación.
“San Alejandro Sauli enseña que la defensa de la disciplina eclesiástica doblega las almas más endurecidas para que Cristo Reine.”


